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11/08/09

Adelanto de Timote, la flamante novela de José Pablo Feinmann

Un diálogo entre Aramburu y Abal Medina, su ejecutor. 
Aramburu lo mira entrar. ¿Qué le va a decir este afiebrado? Cada vez le ve más cara de loco, de jacobino. De jacobino sin pueblo. Sin Revolución Francesa. Se la inventó él a la Revolución. No puede contenerse. Dice:
–¿Y? ¿Qué decidieron? ¿Se suman a mi proyecto o se hunden en las letrinas de la clandestinidad?
–Qué frase, general –ironiza Fernando–. La voy a recordar.
–¿Cuándo?
–Cuando lo recuerde a usted.
–Me matan entonces.
–¿Cómo puede suponer que nos vamos a incorporar a su proyecto?
–Porque no puedo suponer que quieran suicidarse. Le voy a hablar claro. Aunque sea la última vez que lo haga.
–Hable. Nadie nos escucha. Nunca se va a saber lo que nos dijimos en esta habitación.
–Yo estoy pagando por la sangre derramada de Valle. La historia es eso. Una cadena de venganzas. Mi sangre va a reclamar la de ustedes. Matándome se condenan a morir, a que los maten. Alguien me va a vengar. No lo dude. Alguien, alguna vez, se va a sentir con tanto derecho como ustedes ahora. Este país todavía no conoce la furia del Ejército Argentino. Tenemos un Ejército formado por la OAS y por la Escuela de las Américas. Si usted supiera en serio, a fondo, lo que se enseña allí, vacilaría.
–Nosotros también nos formamos para la guerra. Pero no nos formaron torturadores, sino revolucionarios. No se equivoque. No va a conseguir que tenga miedo. Ni que vacile.
–Hágase esta pregunta. Se la hizo Gutiérrez de la Concha a Castelli, cuando éste se preparaba para fusilar a Liniers. Le preguntó...
–No se gaste, general. Hace tiempo que yo me hice esa pregunta. Me sorprende que usted la conozca.
–Son sus prejuicios. Cree que los militares somos brutos.
–Podría pasarme la noche ofreciéndole pruebas. Volviendo a Castelli: Castelli era abogado. Gutiérrez de la Concha le preguntó qué jurisprudencia era la que lo autorizaba a matar prisioneros. Una pregunta tonta. Castelli era un revolucionario. Él y su amigo Moreno. La jurisprudencia eran ellos. Toda revolución crea su propia jurisprudencia. ¿O ustedes hicieron otra cosa? También la contrarrevolución crea sus propias leyes. O deroga las de los revolucionarios.
–Gutiérrez de la Concha dijo algo más.
–A ver, general. Dígalo. ¿Lo leyó en Billiken?
–Voy a dejar de lado esa ofensa. Olvidemos a Castelli. Si cree que mis citas vienen del Billiken voy a evitarlas. La cuestión se la voy a plantear yo. Con mis palabras. Porque son mis ideas.
–Soy todo oídos.
–Usted se me presenta como un revolucionario. Quiere cambiar el régimen al cual yo pretendo integrar a Perón. Usted, por el contrario, quiere usar a Perón para destruirlo. También Castelli quería cambiar un régimen. Fusilar a Liniers era parte de ese cambio.
–Parte sustancial de ese cambio.
–Gutiérrez de la Concha le pregunta: doctor Castelli, ¿qué clase de sistema es el que empieza de este modo? ¿Qué clase de sistema empieza fusilando prisioneros indefensos?
–No busque conmoverme, general. Son demasiados argumentos para defender apenas una vida. Aunque sea la suya. Gutiérrez, a quien llamo así para evitar la parte incómoda de su apellido, decía boludeces, con perdón. Una revolución tiene el derecho de matar a quienes quieren impedirla. Si empieza así, empieza bien. Usted me plantea una cuestión de ética política. Una mariconada liberal. Todo sistema que empieza matando empieza mal. ¿Usted me plantea eso? ¿El fusilador Aramburu? Toda revolución que empieza y no mata cuando tiene que matar está perdida.
–Van a matarme entonces.
Fernando no responde. Se toma un tiempo que a Aramburu le parece eterno. Después, sin solemnidad, pero con cierto aire marcial o con una clara dureza, dice:
–General Aramburu, el Tribunal lo sentenció a la pena de muerte. Va a ser ejecutado en media hora.
Aramburu busca romper sus ataduras. Se lastima las muñecas. Le brota sangre.
–Ese nudo está muy bien hecho, general –dice Fernando–. Y aunque lograra desatarse, ¿qué lograría? Le fallaron los suyos. No lo encontraron a tiempo. ¿Lo habrán buscado en serio?
–¿Quién puede saberlo? Hay muchos cretinos detrás de Onganía. Gente que me odia. Que le repugna mi plan de negociar con Perón. Quieren verme muerto. Ustedes les van a hacer ese favor.
–A nosotros también nos repugnan sus planes de arreglar con Perón. Pero por otros motivos.
–Pero coinciden.
–De ningún modo. Ellos quieren sostener el Estado Gorila. Nosotros queremos destruirlo.
–Pero los dos quieren matarme.
–Por distintas razones. Grave sería si fuera por lo mismo. Usted se puso en un lugar peligroso. El de los conciliadores. Si las partes no quieren conciliar, los matan. Fuego cruzado. Aunque usted nos incomoda más que Onganía, el otro que podría querer su vida. Usted no quiere sostener el Estado Gorila. Quiere crear un nuevo régimen con el peronismo adentro. Los gorilas son brutos. Ni piensan en eso. Sólo piensan en seguir con la represión. Su plan es el más hábil. Es hacer de Perón un general manso dominado por la burguesía. Eso nunca.
Aramburu regresa al tuteo. Siempre que lo hace es porque se siente perdido. Porque es su última carta.
–Sos un idiota, pibe.
–Le exigí que no me tuteara. Menos aún que me dijera pibe.
–¿Cómo no te voy a tutear si sos un pendejo? Vas a arruinar tu vida. Tu idealismo de los veinte años te va a costar muy caro. Yo también tuve veinte años. También tuve sueños de juventud. Pero esos sueños no exigían la muerte de nadie.
Fernando lo mira con desdén. Aramburu recibe de pleno esa mirada. Acaso nunca lo miraron así. No con odio, sino como a un pobre tipo. Lleva 15 años recibiendo halagos, homenajes, reconocimientos. Pero este pibe se permite mirarlo con menosprecio, con una repulsa tan extrema que hiere, que deshonra. Y con una altanería, con una irreverencia que, recién ahora, aparece en estado puro, sin los velos, sin las cortesías forzadas entre captores y prisioneros. Ese menosprecio se expresa ferozmente, lejos de toda civilidad, de todo trato entre caballeros cuando le dice:
–General, perdone mi franqueza. Pero usted, a los veinte años, ya era un milico de mierda con alma de asesino. 
 
 
Fuente:  El Argentino

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